Felipe IV era un calavera. Un hombre que traspasó todos los límites. Pero, al mismo tiempo, era un sentimental. Hablemos del retrato que marcó su vida. Y no, no me refiero a 'Las Meninas', sino a este curioso retrato que Velázquez le pintó antes de que su vida se resquebrajara: 'Felipe IV en Fraga'.

Año 1644. El Rey Felipe IV y toda su corte se encuentra en Fraga, provincia de Huesca, con motivo de la Rebelión de Cataluña y la consecuente guerra con Francia acaecida entre 1640 y 1650. Velázquez, como alto funcionario de la corte, amigo personal del Rey y pintor de cámara, acompaña al Monarca en su demostración de fuerza.
Mientras la corte se encuentra en Fraga, el maradona sevillano de la pintura decide hacer un retrato del Rey. Este retrato se convertirá en un antes y un después en la vida del Rey, ya que no volverá a ser retratado hasta que Velázquez pinte 'Las Meninas' más de diez años después. ¿Cuáles fueron los motivos que evitaron que un Rey adicto a ser retratado encargara más retratos durante más de diez años?
Pues bien, el motivo es fácil de comprender: Felipe IV era un calavera. Su vida licenciosa y sus numerosas amantes, como bien es sabido, le granjearon, según los cálculos de algunos historiadores, hasta 30 hijos ilegítimos y ningún heredero sano para la Corona. Al mismo tiempo que se dedicaba a sus amantes, era un hombre culto, familiar y profundamente católico. Fue de los pocos monarcas de su época que participaron activamente en la crianza de sus hijos, ante los que mostraba gran cercanía y cariño (algo poco común entonces en la realeza respecto a la descendencia). En el fondo, Felipe era un sentimental, y por ello la lujuria se convirtió en su gran tormento y en el de su familia.
Por sus sentidas convicciones católicas, Felipe estaba seguro de que los males que azotaban al Reino eran consecuencia directa de sus pecados. La gran alegría del Reino, el Príncipe Baltasar Carlos, único heredero, depositaba todas sus esperanzas.
Sin embargo, un tiempo después de volver de la campaña que hemos mencionado, sucedió algo terrible. Baltasar Carlos, mientras su padre se encontraba asistiendo al responso por el segundo aniversario de la muerte de su mujer, madre del Príncipe, contrajo la viruela y murió fulminantemente, tres días después del aniversario de la muerte de su madre.
El dolor del Rey por la pérdida de su hijo se refleja en la correspondencia con su máxima consejera espiritual, la monja sor María de Ágreda:
"Las oraciones no movieron el ánimo de Nuestro Señor por la salud de mi hijo que goza de su gloria. No le debió de convenir a Él ni a nosotros otra cosa. Yo quedo en el estado que podéis juzgar, pues he perdido un solo hijo que tenía, tal que vos le visteis, que verdaderamente me alentaba mucho el verle en medio de todos mis cuidados (...) he ofrecido a Dios este golpe, que os confieso me tiene traspasado el corazón y en este estado que no sé si es sueño o verdad lo que pasa por mí."
Después de tan duro golpe, el Rey se centró en cambiar su estilo de vida. Y su obsesión por ser retratado por Velázquez fue una de las cosas que cambió, quizás por sentirse indigno y con pocas ganas de vanidad. Felipe acabaría casándose con su sobrina, Mariana de Austria, y engendrando al poco agraciado Carlos II.
La obra de Velázquez nos muestra al Rey en toda su gloria, con sus mejores vestimentas y espada. El cénit de un hombre antes del colapso político y familiar. Ciertamente, no es ni de lejos el mejor retrato del Monarca pintado por Velázquez, pero no deja de ser valioso, especialmente por la historia que tiene detrás.