Es un retrato con mucho misterio. Nada más y nada menos que uno de los encargos que más le costaron trabajar a Ingres, y cuyo esfuerzo casi le lleva a sobrepasar todos los límites. Me refiero al retrato de la condesa de Haussonville, Louise de Broglie.

Ingres, a pesar de que fue un gran retratista, no disfrutaba demasiado pintando retratos. Su verdadera pasión eran las grandes composiciones de carácter mitológico e histórico, por las que es tan conocido. Sin embargo, de vez en cuando hacía una excepción y consentía que le encargaran retratos, generalmente debido al estipendio económico y al prestigio de los retratados.
Cuando empezó a pintar el retrato que comentamos, en 1842, nuestro artista tenía ya 62 años y estaba absolutamente consagrado. Hijo de padre pintor y escultor, formado en el estudio de Jacques-Louis David y triunfando en la época napoleónica, Ingres había vivido a caballo entre Francia e Italia. El éxito que cosechó en época de Napoleón le supuso tener que sobrevivir a su caída, llegando a hacer retratos a lápiz para turistas ricos que visitaban París, hecho que precisamente no contribuyó a incentivar su amor por el retrato.
El caso es que estando ya prácticamente de vuelta de la vida, a punto de enviudar, recibió un importante encargo. Se trataba de la bella Louise de Broglie, condesa de Haussonville, de entonces 24 años de edad. Louise era una joven recién casada de gran inteligencia, aficionada a la literatura, y perteneciente a una de las familias más importantes de la aristocracia francesa. Además, era nieta de la famosa novelista Madame de Stäel, hermana del futuro primer ministro de Francia, Albert de Broglie, y bisnieta del ministro de finanzas de Luis XVI Jacques Necker. Vamos, lo tenía todo.
Sin embargo, el encargo no fue una cosa sencilla. Más bien, costó horrores. Ingres primero llegó a dibujar hasta 16 bocetos preparatorios, después hizo una versión al óleo de la que no quedó satisfecho (y que ciertamente es muy mala) y, más tarde, comenzó a trabajar con pausa en la extraordinaria versión definitiva. Para entonces, la pobre Louise ya estaba bastante harta. Sus viajes por Europa interrumpían las sesiones de posado y, para colmo, se quedó embarazada.
Por otro lado, Ingres se obsesionó de tal manera con el retrato de Louise como para pasarse semanas pintando una mano. Las notas que se conservan en sus bocetos revelan una obsesión continua por el detalle. De alguna manera, a pesar de su odio por el retrato, Ingres parecía enamorado de la belleza de Louise, y no se veía capaz de trasladarla al lienzo.
Cuando acabó el retrato, 3 años después del inicio del proyecto, Ingres se sentía absolutamente fracasado y descontento con el resultado. La bella Louise, del mismo modo, cansada de las interminables y martirizantes sesiones de posado, tampoco quedó muy satisfecha. Su familia, sin embargo, quedó encantada con semejante obra maestra. La dulzura del rostro, la belleza de la pose elegida (esa especie de curva praxiteliana) y la suavidad y armonía de todos los tonos y colores, en su cromatismo e intensidad justos, hacen de este retrato una obra profunda e inolvidable.
En una época donde prima más la cantidad a la calidad, donde se buscan resultados inmediatos, historias como la de Ingres y Louise nos deben hacer reflexionar. ¿Hubiera sido posible un resultado tan bello y auténtico de no haber llevado semejante tiempo, pasión y trabajo?