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15 de noviembre de 2023

Lady Van Dyck, el retrato de Mary Ruthven

Ya hemos hablado del maravilloso retrato que pintó Van Dyck de su amigo el pintor Martin Ryckaert.

Vuelve Van Dyck, con un cuadro de una naturaleza extremadamente diferente: el retrato que pintó de su mujer, Lady Van Dyck, conservado en el Museo del Prado.

Mary Ruthven, Lady Van Dyck, Anton van Dyck, h. 1640
Mary Ruthven, Lady Van Dyck, Anton van Dyck, h. 1640. Museo del Prado, Madrid. Dominio público, vía Wikimedia Commons. Wikimedia Commons

Si en el retrato del pintor Martin Ryckaert nuestro artista demostraba una excepcional habilidad para plasmar la angustia de un fracaso vital y de una misteriosa vida de dolor, al pintar a su mujer destaca con maestría emociones opuestas pero igualmente misteriosas.

Mary Ruthven, como se llamaba realmente Lady Van Dyck, había nacido en una familia de aristócratas escoceses de lealtad católica. Su protagonismo dentro de la aristocracia inglesa la llevó a ser dama de compañía de la reina. Van Dyck se casó tardíamente con ella, a los 40 años de edad aproximadamente. El matrimonio apenas duró un año, porque Van Dyck no tardaría en morir inesperadamente (ocho días después de que su querida mujer diera a luz).

Si hay algo que admiro de los tiempos pasados es la autenticidad que nos transmiten la mayoría de sus rostros. En una época donde la publicidad aún no había impuesto la sonrisa como dogma de comunicación social, la imagen personal funcionaba de manera diferente. Hoy en día creemos que la sonrisa equivale a felicidad y éxito, cuando en realidad tan sólo es la más traicionera de las máscaras.

Me refiero a esa sonrisa forzada y falsa, no al gesto natural que toman nuestros rostros cuando nos inunda la verdadera felicidad, inteligencia y plenitud vital. Esa es, precisamente, la sonrisa que pintó Da Vinci y también Van Dyck en este excepcional retrato.

Sin embargo, la grandeza de este retrato no se limita al rostro. Si despegamos un poco la mirada, podremos observar dos detalles de gran carga simbólica. El primero de ellos son las hojas de roble que coronan la cabeza de María y que representan fortaleza y constancia. El segundo, y más importante, está en sus manos: la mano derecha sostiene a la izquierda con un precioso rosario de cuentas azul ultramar. Un importante símbolo que nos lleva a las dificultades, la culpa y la ambivalencia de todo ser humano, compensadas en este caso mediante la perseverancia en la fe y en la oración y salvando ese cómico desliz de la mano izquierda...

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