Esta es una temprana obra maestra pintada por el inmenso Van Dyck, ni más ni menos que a la edad de 13 años. Y, de paso, un poco más de la trayectoria de este fascinante artista.

Van Dyck demostró un genio tempranísimo, mucho antes de pintar esa obra. Su naturaleza de "niño prodigio" le garantizó una buena formación en el taller de un importante pintor local, Hendrick Van Balen. Pero, a partir de los 9 años, su maestro cambió. Y tal maestro fue ni más ni menos que Pedro Pablo Rubens.
La influencia de Rubens es notable en este retrato. Los ojos, la boca, la expresión y las pinceladas recuerdan totalmente al genio de Amberes. Dichosa la época donde esta clase de formación era posible. ¿Os imagináis a Van Dyck teniendo que aguantar 17 años de primaria, ESO y Bachillerato?
De nuevo, aunque influenciado por Rubens, Van Dyck demuestra su gran talento para captar expresiones de una gran profundidad psicológica, talento que si bien le reportó una gran carrera como retratista también lo encasilló de algún modo a esa disciplina.
En realidad, el gran sueño de Van Dyck siempre fue la realización de grandes obras religiosas y mitológicas en la línea de su gran maestro. Sin embargo, la vida a veces es avara en dar forma a los sueños y ese fue el caso de nuestro artista.
Como vimos al hablar de Lady Van Dyck, Van Dyck vivió a caballo entre diversas cortes europeas dedicado al retrato, aunque primordialmente realizaría la parte más importante de su obra para la corona inglesa.
Justo después de casarse con María, Lady Van Dyck, su futuro profesional pareció tener visos de cambiar drásticamente hacia su ansiado destino como pintor de grandes composiciones. Por un lado, la muerte de Rubens en 1640 le abrió la posibilidad de hacerse cargo de su taller o, mejor dicho, de su "factoría" artística. Por otro lado, hacia la misma fecha, recibió la noticia de que Luis XIII, Rey de Francia, estaba a su vez interesado en sus servicios para decorar el Louvre.
Van Dyck marchó ilusionadísimo a París esperando la oportunidad que habría de cambiar su carrera para siempre. Sin embargo, nada más llegar, las cosas cambiaron. Luis XIII cambió de opinión y decidió encargar la decoración del palacio a los franceses Vouet y Poussin. Preferir no ya a Vouet, sino a Poussin, uno de los pintores más sobrevalorados de toda la historia del arte, ya da una idea de la verdadera naturaleza del "refinado" gusto francés de la época.