En la vida siempre hay clases, pero también existen ciertos individuos cuya moralidad que escapa a cualquier definición. Uno de ellos fue Lucian Freud, uno de mis pintores favoritos pero, al mismo tiempo, una persona despreciable. Un pintor de vida tan inclasificable como su pintura. Un auténtico sociópata del pincel.
Una de sus mejores y más perturbadoras creaciones es 'Interior W11 (basado en Watteau)'. La obra sigue protegida por derechos de autor y no se reproduce aquí.
A primera vista, parece el retrato de una familia disfuncional dentro de un narcopiso (aunque en realidad sea el estudio del pintor). Y, efectivamente, se trata de una familia. La 'familia' del artista.
Lucian Freud tuvo nada más y nada menos que 14 hijos reconocidos a lo largo de su vida. Su propósito vital era pintar, apostar y consumar otras pasiones. Este estilo de vida refleja perfectamente en la obra.
De izquierda a derecha, la amante de Freud, la pintora Celia Paul, a su lado la hija de ambos, Bella Freud; el siguiente es Kai Boyt, hijastro de Freud con otra pareja, Suzy Boyt, que es quien se encuentra al lado de su hijo Kai. En el suelo está tirada una cría llamada Star, la hermana pequeña de la novia de Ali Boyt, hijo de Freud y Suzy Boyt.
A estas alturas os ha debido explotar ya la cabeza. El retorcimiento detrás de esta composición es bastante insuperable. Freud debió pensar "voy a pintar a toda la gente que he dejado tirada por el camino como los vagabundos en que los he convertido, y además los voy a pintar todos juntos".
Para haceros una idea del padrazo que fue Freud, Ali Boyt, quien un principio aceptó posar pero luego renunció a aparecer en el cuadro, cuenta que Lucian nunca le presentó a su propia abuela. Su relación familiar con el padre consistía en posar o acudir al estudio para verlo trabajar. Freud no consideraba hacer ninguna otra actividad con sus hijos. En una ocasión vio a su abuela saliendo a lo lejos del estudio pero no llegó lo suficientemente temprano como para conocerla.
Conociendo esta realidad, el cuadro parece una retorcida burla y humillación. Sus hijos, sus mujeres y sus queridas pintados como indigentes, como una banda itinerante de desgraciados.
Sin embargo, al mismo tiempo, cuando nos despegamos del hecho biográfico, el cuadro resulta excepcional a nivel moral y pictórico. Y lo es a pesar de toda la maldad y el retorcimiento con el que está planteado. Lo es porque refleja una verdad terrible en toda su crudeza: la crisis de valores de la modernidad.
De hecho, no creo que nadie haya reflejado mejor el horror de la modernidad que Lucian Freud. En toda su obra se respira la desesperanza y la animalización de las personas, el caos de un mundo sin ningún tipo de horizonte ni valores más allá de la satisfacción de las más bajas pasiones.