James McNeill Whistler fue el hombre que hacía música con pinceles.
Para hablar de su curiosa forma de concebir la pintura, un cuadro de los más interesantes y admirables: el que generó en su momento una gran controversia. Me refiero a 'Nocturno en negro y dorado'.

Llama la atención el título. Efectivamente, Whistler era aficionado a titular sus obras a la manera de piezas musicales, con el fin de reivindicar la esencia del arte como un conjunto de entes armónicos separado de cualquier atadura terrena.
Hasta entonces, había prevalecido el concepto de mímesis promulgado por Aristóteles. La imitación de la naturaleza como fin último del arte. Al mismo tiempo, hacia finales del siglo XIX cada vez se reivindicaba más el papel del arte como vehículo de transformación social. En ese contexto, muchos artistas modernos se acogieron a la idea de 'el arte por el arte', una expresión que propugnaba separar al arte de todas sus vestiduras sociales para convertirlo en una aislada experiencia estética.
Whistler pronto se adhirió a esta corriente estética y se dedicó a perfeccionarla. Dejemos que él mismo nos explique su innovadora visión:
"La naturaleza contiene los elementos de color y forma de todas las imágenes, al igual que el teclado contiene las notas de toda la música. Sin embargo, el artista nace para seleccionar, elegir y agrupar con ciencia estos elementos, para que el resultado sea hermoso, al igual que el músico recoge sus notas y forma sus acordes hasta que, de entre el caos, surge una armonía gloriosa.
Decirle al pintor que la naturaleza debe ser tomada tal como es, es como decirle al músico que puede sentarse en el piano".
Probablemente la obra de Whistler que mejor representa su curioso pensamiento estético es 'Nocturno en negro y dorado'. Frente a un fondo sutilmente oscuro, destellan bellas luces en perfecta armonía, sin nada evidente que lo una a la realidad, aunque el cuadro pretenda ser una representación de los fuegos artificiales de los Jardines de Cremorne, en Chelsea.
Sin embargo, el refinado público inglés era incapaz de ver nada en semejante obra maestra. En este sentido, la indignación no tardó en llegar al tinglado cultural de la época. Y, entre todos los críticos, sobresalió John Ruskin. El pedante e insoportable panegirista de los sobrevalorados prerrafaelitas llegó a afirmar que el cuadro era como "tirar pintura a la cara de la gente". Whistler, quien era aficionado a llevar cualquier asunto a un tribunal, decidió demandar a Ruskin por difamación.
El juicio pronto se convirtió en un gran escenario de debate cultural cuyo momento cumbre llegó tras una pregunta del abogado de Ruskin a Whistler. Lo reproduzco tal cual sucedió:
Cuando el abogado de la parte contraria se enteró de que sólo había tardado dos días en pintar “Nocturno” le preguntó: “¿Y pide usted 200 guineas por el trabajo de dos días…?”, a lo que Whistler contestó con gran ingenio:
“No, las pido por los conocimientos adquiridos durante toda una vida de trabajo”.
Finalmente, el juez decidió condenar a Ruskin por difamación y lo sentenció a pagarle a Whistler un cuarto de penique, una victoria que no lo salvaría de la bancarrota. De hecho, se arruinó completamente.