← Blog

22 de octubre de 2023

María Tudor, un retrato sin halagos

María la Sangrienta, la llaman los anglosajones. Como tantos otros personajes de la historia, tuvo la mala suerte de ser juzgada por sus enemigos. Hablaremos un poco de ella, pero también del sobresaliente retrato que pintó el flamenco Antonio Moro y que puede contemplarse en el Museo del Prado.

María Tudor, reina de Inglaterra, Antonio Moro, 1554
María Tudor, reina de Inglaterra, Antonio Moro, 1554. Museo del Prado, Madrid. Dominio público, vía Wikimedia Commons. Wikimedia Commons

Lo primero que llama la atención del retrato es la absoluta franqueza con el que está pintado. Antonio Moro se deshace de cualquier tipo de decoro real y pinta una obra de profunda franqueza moral y psicológica.

Pero, antes que nada, para comprender bien el retrato es necesario conocer algunos datos de la vida de María Tudor, la Bloody Mary de los protestantes.

Criada bajo la crisis moral y religiosa desatada por su padre, Enrique VIII, María, hija de Catalina de Aragón, se mantuvo siempre atada a su fe católica, llegando incluso a enfrentarse a su padre. Muerto su padre y tras el breve reinado del protestante Eduardo VI, María accedió al trono. El Catolicismo estaba de vuelta en Inglaterra.

De todos los pretendientes europeos, se decidió que se casara con Felipe II, que en el momento del enlace contaba con unos 27 años, 11 años menos que María.

María desde el principio se enamoró de Felipe, amor que no fue recíproco. Para más inri, su desesperación por engendrar un heredero apto para continuar la monarquía católica desembocó en un embarazo psicológico que la hizo caer en el mayor de los ridículos y las depresiones.

Sin embargo, todo estalló cuando Felipe II se marchó a comprar tabaco. Y no volvió.

María atribuyó su desgracia personal y política a un castigo de Dios debido a la presencia protestante en sus dominios. Ello le llevó a quemar en la hoguera a diversos representantes del protestantismo. Una política de persecución religiosa que era corriente en la época, y que luego perfeccionó su hermana contra los católicos sin que le fuera adjuntado el apellido de ‘sangrienta’.

El retrato de Antonio Moro es una fantástica radiografía de esa mujer sufriente, desesperada, en una encrucijada marcada por el desamor y una responsabilidad dinástica que también implicaba la supervivencia del Catolicismo en Inglaterra.

La clave del cuadro, además del perfecto rostro carente de halagos, es la rosa que sostiene en sus manos. El contraste con la expresión del rostro es perfecta. La realidad y sus aspiraciones. Porque esa rosa no sólo simboliza la esperanza de su amor fallido, sino también el futuro dinástico que anhelaba.

La rosa roja era el símbolo de la casa de Lancaster durante la denominada ‘Guerra de las dos rosas’, que la enfrentó a la casa de York casi un siglo antes del reinado de María. El caso es que la casa de Lancaster más tarde se asociaría al Catolicismo, por diversas razones que no voy a contar para no aburrir ni hacer de este artículo una serie de la BBC.

Ver obras Encargar retrato