Parece una niña feliz. Sus ojos brillosos reflejan ganas de vivir. La manera en la que está pintada, el inmenso cariño de un padre. Por desgracia, su historia no tiene final feliz.
Hablo del retrato de Clara Serena, hija de Rubens.

El retrato está pintado con una soltura y belleza impresionante. Rubens era un maestro de la forma y la expresión. Su habilidad para insuflar vida a lo que pintaba es una de sus más destacadas cualidades como pintor. En este caso, el cuadro está pintado con su técnica habitual: un primer esbozo en tonos grises y pardos llamado "color muerto", ya que el objetivo consistía en dejar una buena base de contrastes sobre la que poder asentar el color de manera más efectiva en etapas posteriores.
Rubens pintó el retrato de Clara Serena cuando ésta tenía 5 años de edad. El retrato, evidentemente, lo pintó para sí mismo. Esto es un dato importantísimo, porque ello nos muestra la verdadera y moderna manera de pintar de Rubens, ya que en un encargo realizado para sí mismo gozaba de una libertad completa.
El contraste entre las formas desdibujadas de la ropa y la expresión de los ojos es lo que confiere a esta pintura esa fuerza y realismo tan especial. Cuando en la realidad miramos un detalle, lo demás se desdibuja. Del mismo modo, el preciso y vivaz dibujo del rostro de Clara Serena da paso a unas formas sugeridas en su esencia pero de ningún modo trabajadas.
Clara Serena era la mayor de los tres hijos de su primer matrimonio con Isabella Brant, mujer a la que quiso mucho pero que lamentablemente falleció. Unos años después de enviudar, Rubens se volvería a casar con la bella Helena Fourment, mujer a la que también quiso muchísimo.
El caso es que antes de que falleciera su primera mujer y seis años después de haber pintado el retrato de Clara Serena, sucedió algo terrible. Una gran epidemia de peste asoló la ciudad de Amberes. Los muertos se acumulaban sobre las calles y la cifra de muertos no perdonaba entre los pobres ni entre los ilustres. Así, la joven Clara Serena, de entonces casi 13 años de edad, tuvo ocasión de pasar a mejor vida para gran desgracia de su padre, quien poco después habría de sumar a la desgracia la muerte de su primera mujer.
Rubens se pasaría unos años haciendo diversos trabajos y proyectos, entre los que destaca el haber sido diplomático y espía al servicio de la Corona española.