En la ciudad de Viterbo, una dama de alta alcurnia recibe a un mensajero. El intercambio de miradas señala la confirmación de una noticia terrible: Ávalos ha muerto (sí, con ‘v’, en este caso).
El llanto es la única respuesta.
Nuestra protagonista se encontraba en una desesperada carrera por llegar a tiempo para despedirse de su marido fatalmente herido. El marido, ni más ni menos, hacía unos meses que había liderado las tropas de Carlos V en la Batalla de Pavía, que concluyó con la captura del Rey de Francia, Francisco I. Sin embargo, el éxito de semejante victoria quedó eclipsado por las fatales heridas recibidas por Ávalos.
El destino de Vittoria, que era como se llamaba esta devota mujer, estaba unido al de Ávalos desde el principio, como era costumbre en aquella época. A la edad de 3 años, su poderosa familia, los Colonna, dejaron cerrado su matrimonio con un miembro de otra importante familia, los Ávalos. La familia Ávalos era de origen español y una de las principales valedoras de la influencia española en Nápoles.
Ávalos pronto siguió la tradición militar hasta convertirse en un gran oficial. Participó con éxito en numerosas batallas y se ganó el respeto de Carlos V.
Vittoria, por otro lado, agraciada con una curiosidad intelectual y teológica sin límites, pronto empezó a desarrollar unas dotes increíbles para la poesía. Su inmenso talento e inteligencia atraía a las mentes más preclaras y poderosas.
Si algo estaba claro en la vida de Vittoria, aparte de su inmenso talento poético e intelectual, era el amor ferviente, absoluto e inquebrantable que sentía por su marido. La gestión de este duelo, por otro lado, no dejaría de ser muy renacentista. En una época donde el Cristianismo se reconcilió con el mundo pagano clásico, Vittoria estaba condenada a convertirse en una Pénelope dispuesta a reencontrarse con su Ulises en el paraíso.
Lo primero que hizo, sin dudarlo, fue intentar hacerse monja. Sin embargo, los grandes admiradores de su inmensa valía, incluido el Papa, Clemente VII, lo impidieron. Clemente VII llegó al extremo de ordenar que ningún convento ni orden religiosa admitiera a Vittoria.
La única salida, entonces, consistiría en pasar sus veinte años restantes de vida (tenía 35 años en el momento del fallecimiento de Ávalos) dedicados al cultivo de inmenso talento poético y a la memoria de su querido marido.
Tiempo después, mientras residía en Roma, se puede decir que conoció a alguien especial. Se trataba de un hombre algo mayor y un poco decrépito, con barba descuidada y una mirada intensa. Su nombre os sonará: ni más ni menos que Miguel Ángel.

Mucho se ha hablado de la vida amorosa de Miguel Ángel, de sus sonetos, de sus cartas, de sus probables relaciones homosexuales…, pero si algo tenemos claro es que Miguel Ángel se enamoró perdidamente de Vittoria Colonna.
Para Miguel Ángel, Vittoria es una mujer que traspasa todos los límites que ha conocido hasta entonces, hasta el punto de replantearse sus propias preferencias. Uno de los maravillosos poemas que le dedica no deja lugar a dudas y lo explica de maravilla:
Un hombre en una mujer, o más bien un dios, habla a través de su boca, y al escucharla he llegado a ser tal que ya nunca más seré mío.
El ardor de Miguel Ángel por Vittoria nos llega a través de muchísimas cartas y poemas:
“Que tu belleza planee sin embargo en las alturas, pues es así como gusta a un corazón enamorado y ávido de todo lo que es raro y sublime. Pero a fin de gozar de tu gracia, te suplico que desciendas hasta mí”. “Tal tu beldad, que Amor y cielo aquí sostienen, si vivo me quiere, refrene el contento, que en don soberbio débil virtud muere”.
Colonna, sin embargo, sólo guardaba deseo para Dios y para su marido fallecido, y ni el mismo Miguel Ángel pudo alterarlo. Gran admiradora del genio de Miguel Ángel, Colonna adoptaría el papel de madre, ante la impotencia y desesperación amorosa del genio. Miguel Ángel nunca encontraría en ella una amante, sino una guía espiritual y un referente materno muy necesario para él, ya que perdió a su madre a los 6 años de edad.
La relación se prolongó durante unos diez años, hasta la muerte de Colonna. Miguel Ángel nunca dejaría de amarla, y llegó a pintarla en varias ocasiones. En 1547, en febrero, Vittoria Colonna muere. Un mes después, el 31 de marzo, también fallece Francisco I, el rey francés capturado bajo el liderazgo de Ávalos. Miguel Ángel nunca se olvidaría de ella.